Empieza ese periodo tan deseados por todos como son las vacaciones. Primero momentos de nervios, maletas, desplazamientos hacia un lugar supuestamente idílico donde podamos olvidarnos y desconectar de nuestras rutinas, obligaciones y problemas.

Además, aprovechamos estos días para viajar toda la familia y encontrarnos en destino con otros familiares que no tenemos muchas ocasiones de ver.

Si todo esto suena tan maravilloso ¿por qué surgen los conflicos? ¿Por qué las cifras de divorcio suben después de las vacaciones estivales?

Nuestras rutinas, como bien dice su significado, nos marcan los ritmos de cada uno de nuestros días, estableciendo horarios, costumbres y pautas de comportamiento que vamos integrando en nuestro cerebro de forma que, es esa forma de vida y no otra la que nos hace sentir seguros.

Nuestra fuerte necesidad de control, hace que tener establecidos nuestros ritmos, nuestros tiempos, sabiendo en cada momento lo que voy a hacer, hace que sintamos que lo tenemos todo controlado.

De pronto llegan esas esperadas vacaciones y todos debemos compartir unos días, unos espacios y unos ritmos completamente diferentes a los que tenemos en nuestra vida normal.

Los adultos y padres, sobre todo quieren y necesitan descansar pero esto no significa que puedan olvidar organizar toda la logística de la casa como son comidas, compras, limpieza, etc… esto les genera cierta frustración por tener la sensación de que no disfrutan tanto como habían soñado días atrás. Los hijos, si son niños, sencillamente se dejan llevar y quieren hacer lo de siempre, jugar: se encuentran con unos padres que lo que quieren es descansar y de mala gana, consiguen su objetivo a base de llamar mucho la atención. Esto se complica bastante con hijos adolescentes, los cuales, llevan ya un tiempo descansando y probablemente quieran pasar sus vacaciones familiares entre estar de fiesta con sus amigos y estar encerrados en su habitación mirando el móvil. Para terminar de adornar la situación, si se comparte la casa de veraneo con familiares, cada uno viene con sus costumbres, sus circunstancias y «la fiesta» está servida.

Niños pequeños insoportables porque no les hacen caso, no les llevan a jugar a parque, padres enfadados con sus hijos adolescentes que menos vacaciones familiares, a eso que hacen se le puede llamar cualquier cosa, cuñados que no colaboran en la casa o que pretenden imponer sus propias costumbres y que en nada se parecen a las tuyas,,,, ¿os suena?

Pues bien, esta situación, que me genera ansiedad solo escribirla, es fácilmente evitable.

En mindfulness se desarrollan ciertas actitudes que pueden ser muy útiles en esas circunstancias.

  • No juicio: Normalmente, vamos por la vida con muy poca conciencia y esto hace que nuestro cerebro abuse del funcionamiento en automático. Nuestra mente, es profundamente dualista y tendemos a juzgarlo absolutamente todo entre bueno y malo, me gusta o no me gusta, se ajusta a mis costumbres o no. Al menos en nuestras vacaciones, podemos tomar una actitud más tolerante e intentar no etiquetarlo todo como positivo o negativo, de esta forma, nuestra mente es capaz de no estar todo el día pendiente de lo que hacen los demás y permitirnos ese descanso tan merecido. Entender que cada miembro de nuestra familia viene con sus circunstancias, con su edad y sus necesidades, hará que nos sea más fácil no andar todo el día en evaluación continua y dejar un poco que el mundo y las personas que me rodean sean como son.
  • La paciencia. Esta actitud es sencillamente maravillosa y consiste en entender que cada cosa ocurre a su ritmo y en el momento que ha de suceder. Por mucho que yo me empeñe en que las cosas sucedan al ritmo que yo quiero no va a ser así y lo único que eso provoca en mi es frustración. La respiración es fundamental en momentos en que me invada la impaciencia, que tiene más que ver con la intolerancia que con la realidad.
  • La aceptación, fuertemente ligada a la anterior. Cuando tomamos la decisión firme y consciente de aceptar a las personas que conviven conmigo y a sus circunstancias, decidimos sencillamente disfrutar de ellas y no estropear nuestras vacaciones intentando que sean y se comporten según mis circunstancias y mi forma de ser y estar en cada instante.
  • La impermanencia. La vida está en continuo movimiento y cambio. Cuando nos empeñamos en generar conflictos por nuestra falta de aceptación e intolerancia, no solo estamos tirando abajo un periodo que se supone que era para descansar y disfrutar sino que estamos estropeando un tiempo único, irrepetible y que no volverá.
  • La compasión. La compasión como capacidad para percibir el sufrimiento, propio y el de los demás, puede convertir tu periodo de vacaciones en un encuentro con tu propia persona o con alguien de tu familia que tenga algún tipo de sufrimiento y este puede ser un buen momento para arropar y apoyar, bien sea a ti mismo o a un miembro de tu familia. Si así fuera, no pienses que va a estropear tus vacaciones, tan solo acógelo con la calma y dedicación que este periodo te permite .

Las vacaciones son muy cortas, la meditación diaria y el entrenamiento para estar consciente en tu día a día te puede ayudar y mucho para disfrutar, exprimir y saborear cada instante de ellas. Las personas con las que compartes las vacaciones están ahí para llenarlas de cuanto necesitas y dejarte atrás el estrés y la necesidad de control lo harán posible.

Vívelas, disfrútalas y se feliz…..