Esta semana hablamos de la emoción de la Sorpresa, que como el resto de las vistas en las últimas semanas, es una de esas emociones universales pero que se diferencia del resto porque ésta, en vez de tener una función puramente adaptativa, lo que hace es producir una serie de emociones encadenadas hacia un suceso inesperado.

La sorpresa se produce cuando nos ocurre algo completamente inesperado, que se sale de nuestras expectativas y nos produce una reacción de alerta intensa.

Generalmente, va acompañada de una expresión facial característica y sobre todo una activación de determinados conectores para verificar que ese hecho inesperado, realmente está ocurriendo.

Esta emoción se puede desencadenar con un acontecimiento externo (por ejemplo si nos dan una fiesta sorpresa) o interno (si de repente nos acordamos de algo importante que hemos olvidado) y su función es la de prestar atención. Al ser un hecho completamente inesperado, en principio nos supone un desequilibrio. Esta emoción hará que se desencadenen una serie de reacciones bioquímicas y de pensamiento que nos devolverán de nuevo a nuestro estado inicial.

Es la emoción más breve que tenemos y se manifiesta en varias fases

  • Verificación de la discrepancia, intentamos entender qué está pasando
  • Analizar las causas de ese suceso inesperado; hacemos un análisis de qué está ocurriendo
  • Catalogamos el hecho entre bueno y malo
  • Acción, hacemos algo con lo que nos pasa

Esta es como una emoción de transición que desencadena otra emoción diferente. Si percibimos que es un hecho negativo, se generarán emociones desagradables y si es un hecho positivo, las emociones desencadenadas serán agradables.

Pero cuidado ¿qué pasa con las personas que no les gustan las sorpresas? Estas personas suelen tener una gran necesidad de control y cualquier evento que no pase por sus filtros, les produce una especie de vértigo e incomodidad que desencadenan emociones desagradables. Por esto, eventos similares, pueden ser muy agradables para unas personas y muy desagradables para otras.

También encontramos personas que piensan que con la edad, ya no sienten esta emoción de la sorpresa, en realidad estas personas están muy metidas en su zona de confort y apenas se exponen a situaciones de incertidumbre que den lugares a eventos sorpresivos. Estas personas suelen tener vidas muy rutinarias y con poco espacio o ninguno para la improvisación

Como conclusión, la sorpresa ni es buena ni es mala, es necesaria, como todas las emociones básicas. Debemos percibirla y dejar que despliegue en nosotros las reacciones que desencadenan esos hechos inesperados y que debemos afrontar.

Con un entrenamiento mental adecuado y el desarrollo de la ecuanimidad, podemos sorprendernos sin resistencia, analizando los sucesos y dejando que la emoción fluya de forma coherente y sin engancharnos en determinadas emociones que pueda desencadenar.