VIVÍAMOS EN EL PARAÍSO Y NO LO SABÍAMOS…

He escuchado esta frase varias veces esta semana. Ahora si, empezamos a entender, ahora si, empezamos a aceptar.

Ese duelo del que hablaba allá por el mes de marzo, está llegando a su fin, y parece que entramos en la última fase que es la aceptación de que hemos perdido la vida que teníamos.

Y las cosas mejorarán, claro que si, pero sinceramente, no creo que en mucho tiempo recuperemos aquella forma de vivir.

Viajábamos con libertad y sensación de seguridad, comprábamos sin medida y sin miedo a la escasez, nos abrazábamos y disfrutábamos del amor sin sospecha alguna de la soledad que nos acechaba y sin embargo, éramos una sociedad inconformista, quejica y anclada en querer continuamente la vida de los otros.

Pues aquí está, la puta pandemia y la triste realidad. Ya no viajamos, ya no hay libertad, ya no nos sentimos seguros ni con nuestros propios familiares, ya no nos abrazamos, ya no nos besamos, ya no disfrutamos del amor y nos pasamos todo el día, buscando argumentos para hablarnos de responsabilidad y hacer todo aquello que va en contra de nuestra naturaleza.

Ahora que, ahora miramos a nuestra vida de hace un año y nos parece un paraíso, un sueño lejano, una historia de ficción.

Cómo es el ser humano, de aquella vida que nos llenaba de bienestar, de aquella vida en la que éramos tan libres, nos quejábamos sin cesar y andábamos «como pollo sin cabeza» buscando vivir las vidas de otros, buscando tener más, buscando salir de la «rutina» de bienestar y lujos en los que vivíamos porque nada era suficiente, porque nada llenaba lo que en realidad estaba vacío, que éramos nosotros mismos.

Con esta puesta a tierra que la vida nos ha hecho a todos, ahora que soñamos con los besos, con los abrazos, con los viajes, con los amigos, con los pequeños momentos que tanto anhelamos, ahora empezamos a tomar conciencia.

Cuando no vamos todo el día corriendo sin rumbo, cuando nos paramos, nos serenamos y hacemos una reflexión sobre nuestra vida, nuestra realidad y nuestras posibilidades, somos capaces de extraer lo mejor de cualquier situación, de cualquier momento, de cualquier persona.

Las conversaciones han adquirido un valor incalculable en una vida donde no hay encuentros sociales, un gesto de amor como puede ser llevarse la mano al corazón, aunque estemos a dos metros de distancia, se ha convertido en el abrazo que te pone todos los pelos de punta, unos ojos que te miran entornados, se han convertido en la sonrisa más bonita tras una mascarilla y un te quiero, ahora es de verdad…

Tomando conciencia, viviendo en coherencia