Una de las cosas que se ha constatado en las últimas décadas, es que nuestro cerebro puede cambiar física y bioquímicamente con lo que, sabemos que no todos nuestros comportamientos están asociados a nuestra genética.

En muchas ocasiones, pensamos que nuestra forma de actuar o de pensar tienen que ver con una configuración estanca de nuestra personalidad que hace imposible modificar determinadas formas de actuar que no nos gustan.

Entre estos comportamientos, está la visión pesimista de las cosas, la sensación de que las cosas van a salir siempre mal. Este es uno de los pensamientos más limitantes que nos impiden avanzar hacia nuestros objetivos y nos hacen procrastinar o abandonar todo aquello que nos proponemos.

La dopamina es uno de esos neurotransmisores que utilizan las neuronas de nuestro cerebro para comunicarse entre ellas. Cuando se produce, el ser humano siente una sensación de placer o de relajación muy agradable. Además, en las explosiones de dopamina que se producen cuando nuestro cerebro entiende que estamos avanzando hacia un objetivo concreto, se produce un efecto de motivación muy alta, se activa lo que se conoce como el circuito del valor.

Nuestro cerebro, cuando percibe la dopamina crea una expectativa de recompensa, se emociona. Esta anuncia la llegada de algo bueno y esa anticipación del placer es altamente motivadora. Por esto, el cerebro quiere más dopamina con lo que cada vez que se pone en marcha este sistema, se activa lo que se conoce como función de la neuroplasticidad, para fijar estos comportamientos que le producen tanto bienestar. El cerebro se moldea para facilitar que volvamos a repetir esta conducta que libera dopamina.

El entrenamiento puede ayudarnos a producir esta dopamina de forma activa y permanente para poner en marcha el circuito del valor. Hacer cosas que nos producen miedo de forma consciente, hace que tengamos una liberación masiva de dopamina. Cada vez que nos enfrentamos a algo que nos asusta porque sabemos que es bueno para nosotros, nuestro cerebro toma conciencia de que estamos avanzando físicamente hacia esa amenaza y se produce esta liberación de hormona en nuestro organismo.

Supongamos que hay algo que nos da miedo, como subir a una gran montaña rusa. Para nuestro cerebro, esto supone una amenaza y lo natural es alejarnos de ella. Pero si en lugar de ello, lo afrontamos, conscientemente, nuestro cerebro activa este circuito del valor con lo que rápidamente liberamos dopamina en grandes cantidades y éste comienza a hacer los cambios necesarios para facilitarnos esa conducta y que así sea más probable que lo hagamos de nuevo.

Este circuito del valor no nos libera del miedo pero si nos ayuda a tolerarlo de forma más natural. Imaginemos esta misma circunstancia para situaciones que nos asustan como son; hablar en público, defender una postura laboral difícil, explicar un límite o sencillamente, afrontar las dificultades que se nos ponen por delante en el día a día.

El valor no es algo de unos pocos que va en nuestra información genética, no es algo que unos pocos reciben porque sí, sino que se trata de un rasgo que nosotros construimos intencionalmente con nuestras acciones.

Cuando empezamos a hacer todas esas cosas que nos cuesta afrontar, nuestro cerebro se pone en marcha para recompensarnos por ello creando un cerebro fuerte y resiliente.

Podemos conseguir que esta dopamina se libere de forma diaria , de forma constante tan solo debemos estar en el camino de la consecución de nuestros objetivos. Está demostrado científicamente que la dopamina no se libera cuando ya hemos superado esos momentos de miedo, sino que la liberación se produce en el camino de afrontarlos.

Cuando tenemos un objetivo, y damos esos primeros pasos para conseguirlo, nuestro cerebro empieza a anticipar este logro y comienza la liberación de la hormona del placer. De esta forma, nos mantenemos motivados hacia nuestros objetivos aunque el camino no sea fácil.

La conciencia que ponemos en estos pasos a dar, hacen que el cerebro sepa que estamos alineados con el objetivo a conseguir y nos mantendrá motivados. Por ejemplo, si nos ponemos a dieta, el día que la llevamos a raja tabla, tenemos una sensación de felicidad inmensa porque nuestro cerebro está liberando esa dopamina para motivarnos y seguir adelante.

Cuanto mayor es el esfuerzo físico y mental y mayor es la disciplina que necesitamos para seguir hacia adelante con el hábito, más cantidad de dopamina liberamos.

Cuando estamos sometidos a picos de estrés y nuestro cerebro ha entrenado para esta liberación de dopamina, disminuirá la explosión de determinados neurotransmisores asociados al estrés y soportaremos estas situaciones con más tranquilidad.

Una forma de comunicar a nuestro cerebro que estamos alineados con un objetivo, es escribiendo. Tener una lista de esos pequeños pasos y logros que damos cada día en nuestros objetivos, es una forma de tomar conciencia de este progreso y por lo tanto, de liberar esa dopamina.

Muchas personas me transmiten la dificultad de incluir hábitos nuevos en su vida, como puede ser la meditación diaria. Esta producción controlada de dopamina, facilitará mucho el que puedan conseguirlo. Tras la meditación, es muy importante apuntar las sensaciones y tomar conciencia de ellas para que nuestro cerebro libere la hormona y nos haga sentir tan bien que poco a poco, ese esfuerzo se vaya convirtiendo en una necesidad.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia