Esta mañana estaba sentada frente al mar practicando meditación. El mar, tras la tormenta estaba realmente bravo. Olas enormes rompían en las rocas y desde lejos, me sentía pequeña frente a tanta fuerza, tanto caos. 

El color del agua era oscuro, bajo un cielo azul turquesa limpio, precioso. La línea del horizonte apenas se distinguía del cielo y el espectáculo era de postal.

El sonido de las olas rompiendo en las rocas nublaba todos los sonidos ambientales, en un parque de pinos donde los cantos de las chicharras suelen destacar sobre todo en un día caluroso como el de hoy, el mar se imponía majestuoso.  

Las luces, los colores y la brisa completaban un paisaje perfecto, lleno de recuerdos de una tormenta de verano.

Mirando este mar, pensaba en la vida, llena de momentos donde ese caos, imparable, fuerte y con un sonido que lo anula todo a su alrededor, nos invade y no nos deja ver el resto de cosas que nos rodean.

Ese horizonte, lejano, bello, aparentemente tranquilo no me engaña. Por suerte, ayer crucé el camino entre la península y la isla donde me encuentro y pude vivir cómo al adentrarnos mar abierto, ese tranquilo horizonte, va dejando de serlo y el mar se mueve con fuerza, lejos de las protecciones de los cabos de la península, ese gigantesco ferry parecía un barquito de papel a merced de los golpes que las olas producían. Hoy lo observaba desde lejos y transmitía una paz engañosa que nos hace pensar que solo la orilla es la parte brava de ese mar.

En muchas ocasiones, pensamos que solo la parte que vemos delante de nosotros, el presente en nuestra vida es donde reina el caos, los problemas, las angustias y miramos hacia ese horizonte, en forma de otras casas, otras familias, otras empresas, otras parejas, otras vidas, incluso otros tiempos, y pensamos que allí no hay caos, no hay problemas, no hay tristezas.

La vida , con su carácter impermanente, cambia de forma continua y cuando pensamos que lo tenemos todo controlado, vienen las tormentas, con sus olas, con su fuerza y lo arrasan todo. Somos incapaces de reaccionar ante estas situaciones y en muchas ocasiones, nos sumen en una situación de bloqueo y desesperación que nos producen un nivel de sufrimiento muy alto y difícil de superar. 

Aceptar no significa resignarse, la palabra aceptación, una de mis favoritas desde hace algunos años, nos invita a asumir, a mirar de frente, a sacar nuestros recursos internos y afrontar las situaciones de tormenta que nos trae esta vida que no para de cambiar. Cuando nos resistimos a estos cambios, cuando no aceptamos perder el control, somos incapaces de “bailar con la tormenta”, entenderla y adaptarnos a ella. Hay multitud de situaciones fuera de nuestro control y debemos estar preparados para ser capaces de observar esta primera línea de caos, sin que nos ciegue el horizonte y afrontando lo que nos toque vivir en cada instante.

El futuro no guarda nuestra felicidad, los otros no poseen unas vidas mejores, el mundo que nos rodea es como el nuestro, con sus momentos buenos y sus momentos malos y solo en el presente, encontraremos los recursos para afrontar los momentos de dificultad y volver al equilibrio, a la vida que queremos.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…