Hoy hace 947 días que empezó todo. Estupefactos, delante de la televisión, el móvil, la radio, recibimos la noticia de que el virus estaba aquí, de que aquello que veíamos lejano, imposible, ya estaba en nuestro país y desde entonces, terror, incertidumbre, muerte, contactos directos, confinamiento, pcr son palabras que se han convertido en una normalidad en nuestro vocabulario y nuestra vida, esa vida que cambió para siempre.

Cada día me encuentro con más gente agotada, invadida por una tristeza y una impotencia que me hace pensar que ya muchos de nosotros, estamos aceptando que esto no va a terminar, que este virus se va a quedar para siempre y aunque hemos cogido cierta seguridad gracias a las vacunas, la distancia, el no abrazarnos libremente, la mascarilla y determinados cambios que se van a quedar para siempre, nos sumen en una sensación de pérdida que vamos asimilando con cierta añoranza y sobre todo, con mucha resitencia, resistencia absolutamente agotadora.

Ha sido un año y medio muy difícil para todos, miedo, incertidumbre, muchas muertes, enfermedad, crisis económica, cifras de pobreza record, un año y medio en el que hemos tenido una mentalidad de «espera», donde postergábamos todos nuestros sueños, nuestras ilusiones a esperar a que esto terminase y esto, no ha terminado, ni va a terminar.

Cuando uno está en mentalidad de espera, se mantiene en un bloqueo transitorio donde su cerebro no busca la adaptación a las circunstancias, tan solo espera. Una espera agotadora, una espera que no acaba y con ella, llega la fatiga.

La llamada fatiga pandémica es una sensación de agotamiento no físico, sino un agotamiento mental y psicológico que nos puede perjudicar mucho, si no somos conscientes de que estamos padeciéndolo.

Los principales síntomas que produce la fatiga pandémica son:

  • Baja capacidad de concentración
  • Pérdida de hábitos saludables, nos abandonamos físicamente.
  • Alteración del sueño
  • Aumento de nuestra sensibilidad
  • Nos sentimos más irascibles
  • Sensación de pereza permanente que se traduce en un cambio de hábitos
  • Apatía, falta de ilusión
  • El más peligroso, sensación de indefensión por una pérdida de control sobre nuestra vida.

Manejar esta fatiga es fundamental si queremos ser capaces de encontrar la forma de adaptarnos a esta nueva vida sin caer en rumiaciones que terminen produciéndonos una sintomatología de ansiedad o depresión como tanta gente está sufriendo.

Tener lo controlable bajo control, como son las medidas más importantes para sentirnos seguros frente a la enfermedad y trabajarnos una correcta gestión de las emociones serán claves para poder afrontar esta posible fatiga, atendiendo a nuestras necesidades nuevas con respecto a esta situación no vivida anteriormente.

Ahora más que nunca, es importantísimo hacer actividades que regulen nuestro neurotransmisores para evitar deficiencias físicas y cognitivas que hagan peligrar nuestro equilibrio. Estas actividades están relacionadas con una correcta alimentación, ejercicio físico, dormir lo suficiente, meditar y hacer actividades que me ayuden a recuperar la visión positiva de la vida a pesar de las circunstancias, es decir, salir de el estado mental de «espera»

Adaptarnos es la clave para no caer en esa fatiga y en esa adaptación hemos de ver la forma de volver a recurperar la alegría de vivir, el sentido de nuestra vida y sobre todo, redefinir nuestras necesidades personales para estar bien y poder cubrirlas por nosotros mismos de nuevo.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia….