Ser joven y no morir en el intento.

Si a los adultos con experiencia, con recursos emocionales y sobre todo, con la capacidad de afrontar situaciones difíciles de la vida, nos está pasando una factura cuantiosa esta pandemia, miedo me da hacer balance de lo que esta maldita situación está haciendo con los más jóvenes.

A pesar de esa tendencia que tenemos los adultos de buscar auto engaños como son : los jóvenes se adaptan a todo mejor que los adultos, bien sea para no sufrir por la preocupación que nos supone el sufrimiento de los hijos o bien porque estamos tan sumidos en nuestros propios problemas que no tenemos la capacidad de percibir los de los demás, la realidad es que la gente joven está sufriendo y mucho las consecuencias de este terrible momento que nos ha tocado vivir.

Jamás me he encontrado en toda mi vida, tantos jóvenes afectados de ansiedad, depresión y determinados desequilibrios mentales asociados a este estado semi comatoso en el que tenemos nuestras vidas.

Para un adolescente, el centro de su mundo son sus amigos y durante estos casi dos años, sus relaciones sociales se han visto muy perjudicadas, con temporadas donde ni siquiera las han tenido y otras donde tenerlas les ha supuesto ser estigmatizados como responsables de muchos de los contagios que hemos sufrido.

El adolescente se encuentra en una crisis de identidad personal muy profunda, en la que se siente muy vulnerable y necesita afianzar lazos que le den seguridad en si mismo, como son el ser admitidos por sus grupos de actuación. La imposiblidad de relacionarse durante tanto tiempo, ha agudizado mucho el consumo de redes sociales, redes llenas de vidas idealizadas que mediocrizan las suyas y les hacen sentir muy por debajo de sus ideales, sus expectativas.

A esto hemos de añadir problemas de la adolescencia de siempre como son, el conflicto generacional con los padres, donde se sienten incomprendidos, no acompañados en sus anhelos e inquietudes y donde ahora más que nunca, les afecta mucho el sentirse juzgados por sus padres.

Esta generación de las redes sociales, se junta con una generación de padres tardíos, con diferencias de 30 años entre padres e hijos que hacen que las distancias a veces sean inmensas y los conflictos difíciles de resolver.

Una generación que ha perdido los hábitos de estudio, de clases y que poco a poco, intenta recuperar lo que tenían en este sentido en el ámbito educativo hasta hace dos años, con un grado enorme de incertidumbre por la pandemia y en un país con más de un 40% de paro juvenil, que nos acerca peligrosamente a una generación sin rumbo.

Ahora más que nunca, la sociedad tiene que mirar con mucho cuidado, amor, toleracia y comprensión a esta generación, que está sufriendo una ruptura de los cimientos que los sostenían en esos tiempos convulsos, que todos hemos pasado como es la adolescencia. Tenemos que ser conscientes de su sufrimiento y en vez de buscar defectos en unos hijos perdidos y desorientados, debemos arrimar el hombro más que nunca y encargarnos de esos niños-adultos que nos necesitan como jamás nos han necesitado.

Poner límites a estas edades es fundamental para que los chavales tengan referentes de disciplina y normas, ya que desarrollan determinados comportamientos de reveldía para esa crisis de identidad y carecer de estos límites, les puede hacer que se pierdan y salgan muy perjudicados de esta fase de su vida. Sin embargo, meterlos todos al saco de los «adolescentes» con una connotación negativa, hace que se sientan de alguna forma abandonados, juzgados y esto les aleja completamente de la posibilidad de confiar en sus entornos familiares para salir de situaciones de bloqueo que puedan estar encontrando.

Hay que escucharlos, tenerles en cuenta en las decisiones familiares y sobre todo, dar el valor necesario a sus preocupaciones, sus miedos, sus problemas que en muchas ocasiones, nos quitamos de encima de un plumazo diciendo que esos no son problemas de verdad al lado de los nuestros.

Frases como : tu que sabrás de la vida, tu te callas que no tienes ni idea de lo que son problemas de verdad, tu no opinas que lo único que haces es gastar y no aportas nada a la economía familiar, los sume en un pozo del que será muy difíciles sacarlos en cuanto a su autoestima y su concepto sobre el amor de sus padres hacia ellos.

La toma de conciencia de esto, nos debe acompañar para no bajar los brazos con estos hijos que, aunque nos superen en altura, son sensibles, vulnerables y sobre todo, son nuestros hijos y nosotros somos sus padres, padres a los que necesitan aunque jamás lo reconozcan.

A veces nos anclamos a comportamientos victimistas como padres de adolescentes y esa «pataleta» es una actitud infantil, carente de la madurez que se necesita en esos momentos.

El incumplimiento de nuestras expectativas como padres por parte de nuestros hijos, es algo que debemos trabajarnos nosotros porque las decepciones que mostramos a nuestros hijos ante esto, que suele ser en estas edades, a ellos los marca de por vida y sin embargo, estas decepciones tienen mucho más que ver con nuestras propias frustraciones que con el comportamiento y las capacidades de nuestros hijos.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia.