Ayer tuve el privilegio de compartir unas horas en una charla con adolescentes. Chavales en edades comprendidas entre 14 y 21 años, que vinieron a por algunas herramientas de gestión emocional, todos ellos poco convencidos y un poco obligados por sus padres, que me conocen, que saben cómo trabajo, y no sé muy bien cómo, los convencieron para perder un sábado por la mañana escuchando a una desconocida.

La estigmatización que hacemos los adultos sobre la adolescencia, nos cierra una puerta preciosa para disfrutar y aprender de las personas, que en pocos años serán las dueñas del mundo, que tienen una formación mejor que la nuestra y que por el momento, tienen una mente abierta y fresca, sin ideologías estancas, palurdas que hacen que los adultos tengamos una visión filtrada de la realidad.

Ellos son una hoja en blanco, cuando les pides que se miren a un espejo y observen y sientan lo que ven, solo ven posibilidades, solo ven oportunidades y tienen, tanto, tanto que aportara a la sociedad que les precede….

Sin embargo, los metemos en la bolsa de nicho de población, que gasta mucho, produce poco y encima, lidiar con una crisis existencial que los hace molestos para el resto.

La adolescencia es una época de profundos cambios, físicos y psicológicos y en esos cambios, hay una transformación en su cerebro muy significativa. Pero como todo cambio, requiere de una adaptación y aquí es cuando entramos lo adultos, perdónenme la expresión «a joderlo todo».

Los chavales, que ya no son niños, son tratados como niños por sus padres, que no aceptan la realidad de la vida y quisieran congelarlos en esa edad donde nos sentíamos héroes de sus vidas, donde no se nos cuestiona y por primera vez en nuestra existencia, todas las decisiones las tomábamos nosotros sin que nade nos pusiera en duda. Cuando a un adolescente, que repito, ya no es un niño, lo tratamos como tal, lo estamos invalidando en su propia existencia, estamos confundiéndolo y le impedimos que vaya explorando todo lo que la vida le pone por delante.

Aquí empiezan los conflictos familiares, ya que ellos se sienten ninguneados y los padres se sienten amenazados por un hijo al que apenas reconocen, que se les escapa de su egoísta necesidad de control .

El hijo, por otro lado, tiene una necesidad de mostrar una rebeldía adaptativa que deje de manifiesto que ya no es un niño y asentar su sitio en el mundo, en su entorno, en su casa. Esta rebeldía, en la mayoría de los casos, suele ser leve y aparece en forma de desorden, formas de vestir que nos molestan, cierta negación a comer lo que tenemos establecido en la dieta familiar y alguna cosa más que poco más que molestar, no pretenden hacer más daño.

Sin embargo, al contrarse de lleno con unos padres, que no aceptan bajo ningún concepto este cambio en sus hijos, éstos van buscando formas más efectivas para adaptarse a este cambio vital, que por cierto no pueden parar, y buscan esos actos de rebeldía fuera de casa.

Los adolescentes solo quieren ser aceptados, no quieren que se les juzgue y se les generalice por el hecho de tener una edad, y aunque son conscientes de que les falta experiencia, trabajan muy duro para aprender todo lo que se les exige en un sistema educativo aburrido y deprimente como es el que les hemos impuesto.

Hay que validar la opinión de nuestros hijos, tengan la edad que tengan, hay que respetar sus momentos vitales, sus actos adaptativos y sobre todo, si tanto les queremos y tan felices les queremos ver, no podemos coartar su desarrollo personal

En dos horas, en un espacion con 12 adolescentes, aprendí más que en muchos meses con muchos adultos. Abre tus orejas y escucha a tus dadolescentes….

Tomando conciencia, viviendo en coherencia