Hemos pasados dos años apartados de todas nuestras relaciones sociales. Hemos abandonado los abrazos, los besos, hemos cogido miedo a sentir el calor de las personas queridas y esto nos ha llevado, no solo a una sensación de soledad profunda, sino que nos ha despojado de nuestra esencia.

En nuestra cultura, los afectos son el sustento que necesitamos para levantarnos en las caídas. Los amigos son algo más que amigos, ya que el amor que sentimos por ellos, es un amor basado en el respeto, en la aceptación y el no juicio. Esto nos permite ser quien queremos ser y en un espacio de amistad auténtica, eres válido, aceptado, con tus virtudes y tus defectos y sobre todo, eres querido.

Esa familia elegida a la que sabes que tienes cerca, nos aporta una seguridad mucho más grande de la que somos conscientes.

Esta pandemia nos ha sumido en una especie de pereza que de alguna forma, ha cambiado nuestra forma de relacionarnos, y esto, nos hace mucho más daño del que pensamos.

Las rutinas, las obligaciones, el estrés y las preocupaciones han vuelto en toda su intensidad tras estos dos años tan extranos, sin embargo, la celebraciones, los encuentros, los viajes, parece que nos cuesta un poco más arrancar.

Esto está haciendo una sociedad triste, apática, estresada, muy estresada y sobre todo, una sociedad que no compensa la parte difícil con la parte lúdica, la hostilidad percibida de la vida, con la parte amorosa, esa en la que pensamos «estos momentos son los que merecen la pena»…

Ayer pude celebrar mis «50+1» ya que los 50 que para mí, eran una fecha muy espacial, las restricciones no me lo permitieron.

Estuvieron casi todos los que tenían que estar, los que no estuvierón, lo hicieron en mi corazón. Amor, risas, me pasé todo el día observando a los míos y solo puedo decir, Gracias Vida….

Por muchos más.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…