Lejos de los modelos de dirección que hasta ahora se estilaban, el mundo laboral reacciona por fin, hacia la dirección contraria.

Desde hace unos años, arrancando en el continente americano, la tendencia de los modelos directivos se orientan hacia la humanización del puesto de trabajo, lejos de la obsoleta deshumanización que no nos ha traído nada bueno.

Modelos de dirección, basados en la presión, el miedo a no perder el trabajo, no eran más que una herencia anticuada, heredada de los modelos de empresa de hace más de 50 años, donde se trataba al trabajador como una máquina de producir, sin empatía alguna por su vida y donde se le consideraba persona de segunda, por el hecho de ser una trabajador por cuenta ajena.

Al igual que se han diluído las clasificaciones sociales en función de la cuna, en el mundo empresarial, han tomado fuerza las personas, en contra de las jerarquizaciones ascendentes de las compañías.

Aquellos modelos han dado como resultado un porcentaje abrumador de síndrome de quedamo profesional, así como extenuantes niveles de estrés en todos los trabajadores, con las consecuencias tan negativas que eso tiene tanto para las personas como para las empresas.

Modelos basados en la presión, producen ansiedad y baja productividad. Esto ya es una realidad demostrada y a las empresas no les queda más remedio que reinventarse en este sentido.

El talento jóven ya no está dispuesto a sufrir en su puesto de trabajo y a las empresas de sectores obsoletos y anticuados, les cuesta un verdadero suplicio captarlo y sobre todo, mantenerlo en sus compañías. Cuando una persona se hace consciente de que por culpa de un empresario estancado en el tiempo, ha de estar en estado de sufrimiento ocho horas diarias, durante cinco días a la semana, no tarda en marcharse de la compañía.

«Durante mi vida profesional, jamás me he marchado de una empresa porque no me gustara el proyecto profesional, me he marchado porque no me gustaba mi superior». Este testimonio lo he oído demasiadas veces en mi vida y por supuesto, lo he hecho yo.

Esto es una realidad que o se acepta y la empresa re diseña sus modelos de dirección, o cada vez quedará con personal más estancado, conformista, quedamo y poco productivo, convirtiéndola en una empresa abocada al fracaso, con trabajadores amargados y directivos, que aunque disimulen su propio fracaso personal, en su interior son conscientes de su propia incapacidad para inspirar y hacer crecer a su equipo con ilusión en la compañía.

Es crucial captar mandos intermedios y directivos, con formación en la gestión de recursos humanos y con habilidades de las llamadas blandas (comunicación, capacidad de trabajo en equipo, empatía y humanización del puesto de trabajo) si se quiere dinamizar los equipos, motivar al personal y sobre todo, dar un giro a la productividad en las compañías.

«Liderar sin amargar», mi nuevo libro que se va a publicar en breve, trata de cómo formar a estos mandos intermedios y directivos para que hagan un proceso de re invención en estos modelos directivos, a través de un trabajo de introspección personal y colectivo de las compañías.

Un nuevo movimiento, ilusionante, novedoso y sobre todo esperanzador para que los puestos de trabajo se conviertan en un espacio de desarrollo de todas las personas y no en una especie de cárcel donde tengo que ir a sufrir para poder ganar un sueldo cada mes.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…