Guerra a la hostilidad.

Vivimos en un mundo donde la hostilidad es la reina de la fiesta en demasiadas ocasiones.

El mundo corre sin parar. Te levantas por la mañana ya agitado, las prisas, un montón de capas que escondan tus tristezas, tus debilidades, tus miedos, y sales al mundo con cara inquebrantable. Te enfrentas al transporte público abarrotado, al tráfico, y llegas al trabajo, a tus obligaciones, al colegio de tus hijos y empiezas a cruzarte personas, personas escondidas bajo esas capas de personaje, sin tristezas, sin debilidades, sin miedos, solo corren, y el día arranca.

En este proceso de desatención profunda hacia nosotros mismos de cada mañana, nos encontramos personas de todo tipo: el que va medio dormido, el que va muy estresado y con cara de angustia, el que va contento, pero apenas cruzamos palabra con ninguo de ellos, porque todos corren, todos tienen mucho que hacer y nadie, se ocupa ni preocupa de nadie.

Una sensación de soledad rodeada de multitud, te atrapa y te hace sentir aún más pequeño y el día y las obligaciones, cogen una dimensión enorme en tu cabeza y tu, tu sigues corriendo.

Casi nadie habla por las mañanas, porque nos levantamos con los tiempos tan justos, que no hay tiempo para la comunicación, solo corres. Pero hay un tipo de persona que si se comunica desde que abren los ojos, son los hostiles.

Las personas que están en un estado de enfado permanente con el mundo, con la vida, no desaprovechan ningún momento del día: Gritan en el coche a otros, se quejan en el transporte público por todo, increpan a todo el que se le pone por delante y sobre todo, amargan la existencia de los que tienen que convivir familiar y laboralmente con ellos.

Los hostiles tienen el foco puesto siempre en la amenaza, no porque teman por su integridad, sino porque tienen una necesidad imperiosa de que el resto del mundo se sienta tan mal como ellos. Se convierten en personas altamente tóxicas y los que tienen que estar alrededor, sienten cómo consumen su energía en un intento de soportar tanta queja, tanta negatividad, tanta hostilidad.

La hostilidad permanente es una actidud, y es cierto que si nos ponemos un poco compasivos, entendemos rápidamente que estas personas arrastran mucho sufrimiento oculto en sus malas formas, pero no podemos dejarnos a merced de ellos.

Las personas normales, con su disfraz de «puedo con todo» pero con una realidad de sentirse pequeño en una vida tan estresante, al lado de un hostil se hace diminuto, se hunde. Debemos trazar una estrategia para estas personas con las que en ocasiones, no podemos evitar tenerlas cerca, un compañero de trabajo, un familiar, un vecino…

Es sencillo, contra la hostilidad, amabilidad. Sé que suena extraño, se que parece contraproducente, pero es la única forma de hacer una lucha de frente contra ellos. Los hostiles quieren que todos se sientan tan mal como ellos y para ello, utilizan esos tonos de voz, esos desplantes, esa maldad manifiesta permanentemente. Ver cómo la gente cambia su estado de ánimo y terminan enfadándose, les refuerza en su visión negativa de todo y por lo tanto, les alimenta su propia hostilidad. Piensan que ellos son los que tienen razón y que la vida es así, como ellos la ven.

Si queremos afrontar a una persona así en nuestra vida sin que nos arrastre, hay que quitarle la razón, hay que desmoronar esos cimientos internos tan horribles que tiene.

Amabilidad, educación, sonrisas y una visión bonita de la vida es lo que puede luchar contra ellos. A un hostil, no le des de su medicina porque eso le hace feliz y le alimenta, a un hostil dale afecto y rómpele por todos sitios.

Sé que es algo forzado, que cuesta ser amable y cariñoso con un borde pero con este gesto, conseguimos dos cosas: Una, que tu cerebro no se deje contagiar por esa negatividad patológica y otra, hacer un choque de trenes en su cerebro, que hace que dude de su propia visión de las cosas.

Librarnos de personas tóxicas, en ocasiones es imposible pero cambiar las cosas junto a una persona tóxica, depende en gran parte de ti. No dramatizar, no victimizarse y actuar en conciencia para luchar contra esa actitud, es la única opción saludable que nos queda si no queremos vivir amargados.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…