Sabemos que el ser humano es un ser social. Esto significa que necesitamos a otros seres humanos para vivir, al menos para sentir que tenemos cierto equilibrio en nuestra vida.

La soledad no elegida, se relaciona con sentimientos de tristeza y de abandono que nos hacen sentir inseguros y por ese instinto de supervivencia que tenemos, sentimos que necesitamos socializar para estar bien. El sentido de pertenencia a un grupo, nos aporta cierta fortaleza colectiva que nos quita la sensación de ser tan pequeños como somos, en este mundo y en esta vida tan imprevisibles.

La pandemia nos trajo a todos un parón en nuestra vida social y muchas personas, tras este periodo, sienten que les cuesta mucho volver a recuperar esa vida social.

A veces, la vida nos trae una circunstancia que de alguna forma, nos obliga a tener que volver a establecer nuestros grupos sociales, una separación amorosa, un cambio de domicilio o de trabajo, son ejemplos en los que muchos nos podemos ver identificados.

Todas estas circunstancias, pueden hacer que nos metamos en una rutina de soledad, aparentemente elegida, que a medio plazo puede hacernos caer en un vacío que nos recuerde que estaría bien, que volvamos a socializar.

En esos momentos, ese primer pensamiento de pereza es brutal. Nos acostumbramos a no preocuparnos por nadie, bastante tenemos con nuestra vida; no estamos acostumbrados a escuchar y socializar requiere de ello; tener que adaptarnos a planes o gustos de otros y dejar de mirar nuestro ombligo; buscar espacio en nuestras abrumadoras agendas para quedar; tener que mejorar nuestra forma de arreglarnos para esas salidas.

Todo esto no son más que hábitos, que hemos perdido y que hemos de recuperar. El esfuerzo inicial puede ser algo engorroso pero cada vez que damos un paso adelante, nos sentimos mejor, vemos que hay frescura y novedad en nuestra vida y poco a poco, vamos saliendo de esa sensación de soledad y rutina que desde luego, no son la mejor opción.

Tomar conciencia de esto, hace que no caigamos en esa dejadez o desidia que nuestro cerebro pone en marcha para no cambiar nada, para no salir de nuestra zona de confort y que en realidad, hace que nuestra vida sea un aburrimiento absoluto.

Socializar no solo significa estar acompañado en la vida, no solo significa salir de esa sensación de soledad abrumadora, socializar significa apertura, hacia otras formas de ver y afrontar la vida que enriquecen de sobre manera nuestras opciones; socializar significa poder dejarse llevar por la energía de otros cuando nos falta a nosotros o viceversa, aportar nuestra parte más vital y ayudar a otros, que tan gratificante es; socializar es sentir que tenemos dónde acudir en los momentos difíciles, aunque solo sea en busca de consuelo; socializar significa pertenencia a un grupo y con ello, seguridad.

La soledad en determinados momentos para estar con nosotros mismos, es muy necesaria y gratificante pero no podemos caer en el hábito de abandono de nuestros círculos sociales porque el aburrimiento, la apatía y el auto abandono están garantizados.

A veces sentimos que no encontramos nuestro sitio, nuestro círculo, pero es cuestión de trabajarlo, de buscar y de dar nosotros los primeros pasos.

La socialización no es algo natural para la mayoría de nosotros, sin embargo, es algo de lo que casi todos somos capaces de trabajar.

Manos a la obra…

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…