El ser humano, a partir de la adolescencia, empieza a tomar conciencia del concepto del YO. Desde este momento va desarrollando una serie de necesidades básicas, fruto del instinto de supervivencia, que le aportan seguridad y marcan sus pautas de relación inter e intra personales. Estas necesidades tienen que ver con el ser admitidos en sus círculos de referencia .

Desde su origen, el hombre ha luchado y evolucionado para ser :

  • Visto
  • Tocado
  • Amado
  • Admitido

Todas tienen como objetivo final la necesidad de pertenencia, necesidad que proviene de nuestros orígenes, donde se instauró en nuestro ADN, ese carácter profundamente trival que tenemos. En el origen del ser humano, era imposible sobrevivir fuera de una tribu o grupo y desde ahí hasta estos días, nuestras necesidades han evolucionado pero siempre con el objetivo de esa pertenencia que nos aporta la seguridad que necesitamos.

Ser visto

Es una necesidad que define aquellos cánones de apariencia que marcan nuestra presentación al exterior. Necesitamos ser admitidos y por lo tanto, estamos pendientes de las modas textiles, las tendencias de complexión física, los estilos de peinado y maquillaje. También influye de forma directa y en función de nuestros grupos de actuación, los bienes materiales que deseamos como son: el estilo de una vivienda, el vehículo y hasta las vacaciones.

Todo esto supone un escaparate hacia el exterior que va a informar a nuestros grupos de cómo vivimos, cómo somos y sobre todo, de si cumplimos con esos cánones de pertenencia a los mismos.

Esto hace que cuando nos sentimos incapaces de alcanzar ciertos requisitos, por ejemplo, ser delgados, vayamos adquiriendo una serie de complejos de inferioridad con respecto a los demás, que van a determinar la forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los otros.

Cuando una persona detecta que está en desequilibrio con esta necesidad, suele vivir con la sensación de no estar a la altura y por lo tanto, son personas que no se valoran y padecen las consecuencias de una baja autoestima.

Ser tocado

El ser humano, desde que nace, tiene una necesidad vital de ser tocado. Nuestra piel, tiene millones de neuroceptores, conectados directamente con el cerebro que hace que, en función de cómo seamos tocados o no, vayamos forjando un estilo de interacción con nuestros afectos más o menos saludable.

Por ejemplo, una persona mal tratada, puede recibir un golpe de su pareja que le produzca un moratón, un golpe no demasiado doloroso físicamente, pero sí tremendamente doloroso en su alma.

Los bebés necesitan ser masajeados, acunados, besados, acariciados por sus cuidadores desde que nacen. Esto influye directamente en determinadas partes del cerebro para su correcto desarrollo.

Ya de niños, jóvenes o adultos, seguimos necesitando determinados gestos que tienen que ver con la aprobación para sentirnos seguros. Una palmadita en la espalda, un abrazo, un beso, una caricia, pueden determinar que podamos segregar bioquímicos relacionados con la felicidad y la seguridad, y contrarrestar así los que segregamos cuando estamos en estado de alerta o amenaza. En este sentido, publicaciones científicas recientes afirman que la oxitocina, hormona que segregamos al dar o recibir un abrazo con afecto, puede bajan nuestros niveles de cortisol, que es la principal hormona del estrés y que tanto nos perjudica.

Además, no tenemos una cultura de darnos esos cuidados a través del tacto a nosotros mismos. Un abrazo propio, una caricia y otros gestos que tienen que ver con el amor y la compasión pueden ser igual de potentes si nos los proporcionamos nosotros que si nos lo dan nuestros seres queridos.

Ser amado

El amor es sin duda el sentimientos más importante para los seres humanos. Necesitamos sentirnos queridos y sentir que tenemos a quien querer.

Nuestros afectos, son los que dan sentido a nuestra vida y nos aferramos a ellos en las situaciones más difíciles de la vida. Nos sostienen, nos activan, nos acompañan en la incertidumbre y en la celebración de los momentos buenos.

Desde pequeños, copiamos nuestra forma de amar y de dejarnos amar de nuestros cuidadores, y esto marcará fuertemente nuestra capacidad para entender el amor de una forma más o menos sana.

Abrirnos a la amabilidad, a mirar a los demás de verdad, a salir de nuestras rumiaciones automáticas y ver el mundo que nos rodea con las personas que hay en él, nos hace poder disfrutar mucho más la vida y sentirnos mucho más seguros e integrados en la sociedad.

Los comportamientos introvertidos denotan esa falta de conexión con los demás, esas inseguridades que nos separan de nuestra especie y nos hacen incapaces de que podamos cubrir estas necesidades con naturalidad.

La soledad es uno de los males de nuestro tiempo; tomar conciencia de ello y actuar de forma consciente para cambiar determinados patrones, nos puede abrir a una vida mucho más bella y apasionante.

Ser admitidos

El ser humano como unidad es algo muy insignificante y lo sabemos. Desde esa concepción del YO, vemos que en solitario estamos muy limitados para afrontar todo lo que la vida nos va a poner delante.

La seguridad del grupo nos hace sentir parte de algo mayor, nos da indentidad como personas dentro de nuestra sociedad o nuestros grupos de actuación y nos ayuda a definir nuestros valores, nuestra forma de vivir y nuestra forma de relacionarnos.

La adolescencia es un momento crítico para esto, y es cuando exploramos para, por fin, ir encontrando en qué grupos nos sentimos más integrados. Ya en la edad adulta y en función de lo que hayamos concluído, sentiremos que vivimos con más o menos coherencia, y es en la mediana edad donde solemos hacer una reflexión personal sobre nuestra vida, nuestros círculos y lo que realmente nos aporta cosas o no en nuestras ocupadas vidas.

Ser admitidos es una necesidad que nos marca límites, sobre nuestros valores, nuestras costumbres, nuestros objetivos, nuestra forma de vivir. Debemos determinar si esta necesidad está cubierta de forma coherente y sana con lo que realmente somos o queremos ser y, si no es así, replantearnos esos grupos que nos definen.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia