Esta semana me ha ocurrido algo que ha motivado este post.

Como cada lunes, fui a dar mis talleres al Centro penitenciario donde voy cada semana y en uno de los módulos, la clase se me fue de las manos.

A pesar de que les conozco, de que tenía más que dominado el tema a tratar por haberlo hecho cientos de veces, el feedback de los alumnos derivó en un tema doloroso y que no supe reconducir.

De alguna forma, salí decepcionada conmigo misma y con ese síndrome de la impostora que me ataca cada vez que siento que no estoy a la altura.

Al tomar conciencia de lo ocurrido, pude poner pies a tierra y hacer una reflexión que me ayudara a aprender de lo vivido.

No se trataba de no estar a la altura, no se trataba de la calidad de mi exposición ni tampoco, de la apertura de los alumnos para trabajar determinados temas. Se trataba de personas, personas que sufren y que no todos los días están dispuestos a apartar su realidad en ese espacio que les proporcionamos.

Personas que necesitan ser escuchadas y que en muchas ocasiones, aunque estén allí por haberse visto fuera del sistema, el sistema no les ayuda en absoluto a reconducir su situación .

Mis espectativas, esas que piensan que puedo sacarlos de su horrorosa vida durante unas horas a la semana, no se cumplieron en esta ocasión y la frustración, tiró por tierra todas mis fortalezas en aquel lugar tan «especial» para mí.

Diseñar nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra familia, a través de espectativas personales, nos hace muy vulnerables ante la falta de cumplimiento de éstas. Idealizamos cada cosa que nos parece importante y a partir de esa idealización, perseguimos objetivos inalcanzables y alejados totalmente de la realidad, una realidad que nos habla de la propia vida donde, hay cosas que salen bien y cosas que salen mal, hay sutuaciones maravillosas y situaciones de mucho sufrimiento, hay personas que son tal y como esperamos y personas que están muy alejadas de nuestros valores, sin embargo, intentar no generar espectativas en todo, es realmente difícil.

Es un movimiento inconsciente de nuestro cerebro que proyecta para focalizar nuestro camino, pero en ningún caso, nos garantiza el resultado del mismo y esto es lo que nos cuesta aceptar.

La frustración es uno de los sentimientos más difíciles de sostener, sin embargo, esta frustración bien trabajada te hace tomar perspectiva de las cosas desde un punto de vista realista y lejos de la dramatización permanente con la que convivimos cuando las cosas no salen bien.

El entrenamiento mental nos aporta la claridad necesaria para afrontar estas situaciones y sobre todo, nos puede ayudar a recuperar parte de la humildad olvidada en lo que podemos llamar, situaciones controladas de nuestra vida, que en realidad no podemos controlar.

La vida está en contínuo cambio, ninguna situación es indéntica a otra y precisamente por ello, estar abiertos a cada experiencia nos puede ayudar a afrontar esta impermanencia de la vida sin una resistencia que nos produzca frustración.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia…