El juicio de valor es un análisis basado en un conjunto particular de creencias, formas de vida o de valores, que realizamos sobre una persona o situación sin una verificación exhaustiva y contrastada sobre los hechos o las personas sobre las que se emite dicho juicio.

Nuestra mente es una mente dualista, es decir, que tiende a etiquetarlo todo. En el momento en el que tenemos una señal externa, ponemos una etiqueta para aceptar o descartar aquello que nos interesa o que no, Hasta aquí, podemos tachar de normal este acto inconsciente y de protección de nuestro cerebro. El problema viene cuando juzgamos a personas y a situaciones donde producimos un tipo de impacto con nuestro juicio, sin evaluar las consecuencias y sobre todo, sin ser conscientes del daño que podemos hacer.

Pero lo peor no queda aquí. Cuando emitimos un juicio de valor, lo hacemos desde lo más profundo de nuestras creencias y en ellas, están nuestras sombras, nuestra parte oscura. Al emitir un juicio, realmente estamos mostrándonos una de nuestras sombras, de aquellas que tenemos muy ocultas para que no se nos rechace, de aquellas que muestran lo peor de nosotros reflejado en otro, de aquellas que rechazamos de nosotros mismos y sin darnos cuenta, las vemos en otros pensando que si juzgamos esos comportamientos, nosotros no los tenemos y nos sentimos mejores personas.

Pero déjame que te cuente que juzgar a los demás no te hace mejor persona, juzgar a los demás, pone de manifiesto tu interior, tu sombra y tus creencias más putrefactas y de las que te avergüenzas de ti mismo.

Pero ojo, los juicios positivos tampoco son buenos. Cuando se hace un juicio de valor, se está catalogando un comportamiento desde una creencia ajena a la persona juzgada, con lo cual, cuando se emite un juicio «positivo» se está comparando con una carencia y generalmente oculta sentimientos de envidia, tan tóxicos y dañinos como son.

Los juicios son injustos, tienen un impacto generalmente muy negativo y sobre todo, nos adentran en una represión de una parte de nosotros que si la desconocemos, el día que sale, arrasa con todo.

Atribuir una etiqueta a una persona en un determinado momento de la vida, puede ser que le acompañe para siempre y que determine sus comportamientos y decisiones. Esto es muy evidente en los niños cuando se les etiqueta en la escuela o en casa como tontos, listos, vagos, malos y estos niños, creen durante toda su vida que son así y la creencia va a estar siempre muy presente en su subconsciente. Pero no siempre pasa esto en las primeras fases de la vida. Cuantas personas se hunden ante un juicio continuado en el entorno de trabajo a través del mobbing laboral, cuantas personas quedan destrozadas ante el juicio continuado de un maltratador psicológico pero fuera de estos casos extremos, cuantas personas sufren el impacto de un juicio de amigos, familiares, conocidos y los hacemos sin pudor, sin saber el estado emocional de quien lo recibe.

Una de las actitudes de Mindfulness es el no juicio. Conociendo nuestra tendencia a etiquetar todos nuestros estímulos externos desde el subconsciente, entrenamos la mente para estar presentes y ser observadores de nuestros propios pensamientos. Aceptamos que el mundo es como es y por lo tanto, vamos perdiendo el impulso de catalogar todo lo que ocurre a nuestro alrededor y nos mantenemos abiertos al mundo sin un prejuicio, con la intención de percibir lo que está ocurriendo de forma menos filtrada a través de nuestras creencias y poder ser más conocedores de la realidad.

Tomando conciencia, viviendo en coherencia.